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    RESPIREMOS PDF Imprimir E-Mail
    escrito por MAULI   

    Suele decirse que lo primero que hacemos es inhalar y lo ultimo exhalar. En el medio está nuestra vida. Y en el transcurso, nunca dejamos de respirar. Cualquier momento de nuestra historia nos sorprende en algún punto del ciclo ininterrumpido de la respiración. Rara vez, sin embargo, le prestamos atención a este hecho mecánico que nos asegura la existencia. ¿Por qué habríamos de hacerlo? ¿Para que prestar atención a lo que no la requiere? ¿Por qué dedicar tiempo a aquello que siempre funciona, que no se detiene?

    Hay un par de razones para prestarle atención. No se vinculan tanto con la fisiología de los procesos automáticos que realiza nuestro cuerpo sino con el funcionamiento de nuestra conciencia. Y, en situaciones excepcionales, también con el control consciente de esos fenómenos fisiológicos, como sucede en los ataques de pánico.

    Recordemos, antes de entrar en el tema, un hecho sencillo de constatar: si verdaderamente fijamos la atención en algo, no podemos hacerlo con el resto de las cosas. Así pues, enfocarnos en algo es una manera –deseada o no—de desenfocarnos de otras cuestiones.

    Si durante algunos minutos, entonces, nos concentramos al 100% en nuestra respiración, habremos dejado de pensar en todos los temas que normalmente nos ocupan. En ese sentido, esos minutos se acercarán bastante a los estados del fluir, a los estados de la conciencia que se dedica de manera plena a algo con olvido del resto. Es lo que sucede en los procesos creativos, cuando el tiempo se pasa “volando” y nuestro rendimiento es máximo. Es, entonces, una manera de descansar de la rumia permanente sobre nuestros problemas, preocupaciones, angustias y también –por qué no—de nuestras exaltaciones.

    Hay mil maneras de concentrarse en la respiración, desde la simple observación del ritmo de las inhalaciones y exhalaciones y de las sensaciones corporales que las acompañar, hasta los pranayamas yóguicos en los que la respiración es acompañada por posiciones de los miembros o por movimientos pautados.

    Una manera sencilla de empezar es, simplemente, sentarse de manera cómoda pero con la espalda erguida (no echado en una reposera, por ejemplo) y contar del 1 al 4 con un tiempo para cada exhalación, avanzando de a uno: 1 para la primera exhalación, 2 para la segunda y así, recomenzando una y otra vez. Parece demasiado tonto, pero suele suceder que nos perdemos en ese mínimo conteo, porque la mente se va y los pensamientos vienen. Cuando registramos que eso sucede, simplemente volvemos a comenzar. No hay premios, no hay castigos, no hay reproches, no hay censura. Solo contar y contar, cada vez que el aire sale por nuestra nariz, cada vez que la panza se hunde, cada vez que los pulmones se contraen. Y volver a contar por unos minutos, mientras los pensamientos pasan y siguen su ronda como chicos inquietos que se van apaciguando solos, sin que nadie diga nada. Eso es todo. No hay nada más. Salvo que nos sentimos mejor después.

    Si estamos acostumbrados a concentrarnos en la respiración, será más sencillo, además, dominar momentos de ansiedad y ataques de pánico. En estos últimos, el control del ritmo de las inhalaciones y exhalaciones corta los síntomas de taquicardia, ahogo, mareo, palpitaciones, etc. Hay una razón fisiológica para ello, pero no la desarrollaremos aquí.

    Es bueno sentarse a respirar dos veces por día, a la mañana antes de arrancar con la rutina y a la tarde, al volver de las actividades. Pero también se puede respirar unos minutos en cualquier lugar cuando estamos ansiosos o demasiado tomados por la vorágine cotidiana: en una plaza, en el colectivo, a la mesa de un bar, a solas en la oficina…

    Respirar de manera conciente durante algunos minutos puede ser el comienzo de un recorrido de mejora personal. Vale la pena tratar. No tiene efectos secundarios, no cuesta dinero, no puede hacer mal y sí, mucho bien.

     

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