Cuando no se espera más que el sueño de la tierra, una revolución silenciosa tiene lugar.
Un cambio en marcha, incontenible y profundo, echa luz sobre nuestros huesos y desnuda fragilidad allí donde se daba por sentada la fortaleza. Fortaleza, allí donde no esperábamos más que fragilidad.
Es tiempo de podar pensando en los retoños, sintiendo la potencia de esos brotes que no por esperados perderán su carácter sorprendente.
Es tiempo de despojarnos de lo que sobra, lo que ha caducado, lo que ha muerto, y quedar sin piel, en carne viva, sintiendo con la mente y pensando con el corazón.
Es tiempo de ramas y cortezas desnudas que guardan promesas de follaje profuso y sombra reparadora.
Es tiempo de un profundo trabajo interior para estallar en verdes y en flores, para atraer a los pájaros y transformar la luz en savia.
Es tiempo de escuchar los latidos del universo para llenar el alma de comprensión, humildad y compasión.
Es tiempo de ensanchar el horizonte hacia adentro, de borrar los límites del cuerpo, de trascender el tiempo y el espacio. Sin el más mínimo movimiento. Sin perder conciencia de las raíces que nos anclan al suelo, de ese suelo que le da alimento y sentido a las ramas que buscan el cielo, de ese cielo que está al alcance de las manos, de esas manos que están hechas para acariciar, de esas caricias que nos devuelven, irremediablemente, a la primaria certeza de las raíces.
Porque cuando no se espera más que el sueño de la tierra, una revolución silenciosa tiene lugar.